lunes, 24 de junio de 2013

BREVÍSIMA SELECCIÓN DE AFORISMOS DE GÓMEZ DÁVILA

Como escribí en mi artículo anterior, la obra de Nicolás Gómez Dávila (1913-1994) está en mora de recibir el reconocimiento que merece en Colombia, a pesar del interés in crescendo que ahora suscita, de los estudiosos de su pensamiento en el país, de las magníficas ediciones de sus obras que ha hecho Villegas Editores (que lo son en todos los casos), de que en países con tradiciones filosóficas tan importantes como Alemania e Italia su trabajo se lea con tanta fascinación como para reivindicarlo no sólo como un escritor de enorme valía sino como un auténtico filósofo. Algunos más, tanto aquí como en Europa, afirman que es el más grande aforista y escoliasta del siglo veinte y uno de los más importantes de todos los tiempos. Que su pensamiento, en fin, seguirá estudiándose y divulgándose no sólo en las próximas décadas sino en los siglos venideros. Pero, más allá de todo esto, creo que lo fascinante de Gómez Dávila es que desde su actitud reaccionaria no intenta persuadir ni convencer sino invitar a dudar por un momento, a pensar, a desconfiar un poco o mucho de lo social, cultural y políticamente aceptado -concretamente de la modernidad y cuatro de sus hijos: la democracia, el liberalismo, el capitalismo y la izquierda-, a ver las cosas de otra manera por un instante y ver qué pasa. Si Gómez Dávila hubiese pretendido otra cosa se habría dedicado, por ejemplo, a la política. Y se cuenta que además nunca quiso aceptar ningún cargo público. Era conservador, católico tradicional, un defensor del catolicismo anterior al Concilio Vaticano II, de las lenguas muertas como el latín y el griego antiguo, del feudalismo, de la aristocracia, un romántico que no creía en revoluciones (ni políticas, ni industriales, ni tecnológicas, ni sociales) como tampoco en el Estado Social de Derecho, que consideraba irreversible y abrumadoramente creciente la decadencia de Occidente a partir de la revolución industrial, absolutamente fatal para la humanidad según él en tanto empezó a destruir la naturaleza homo humana y la civilización; un moralista, claro está. Pero todo lo que acabo de decir es poco y sin duda no le hace justicia a la magnitud y dimensión de su pensamiento. 

Dibujo de Nicolás Gómez DávilaD.R.
Nicolás Gómez Dávila
D.R.
En: http://www.rfi.fr/actues/articles/086/article_3473.asp
  
¿Qué era para el pensador bogotano el mundo moderno? Lo menos que uno podría pensar es que lo veía como un conjunto de esquizofrenias que estaban acabando con el mundo natural del cual somos parte. Aunque Gómez Dávila pudiera considerar aberrante la marcada separación que la cultura hacía de lo humano y lo natural, sus reflexiones y ataques se dirigían a las culturas modernas que parió la revolución industrial, las esquizofrenias con pretensiones globales. Por ello le repugnaba cualquier tipo de colectivización que se impulsara desde la izquierda o la derecha porque veía en ellas la disolución del individuo, por un lado, y la degradación natural, social y política de las clases en beneficio de un dominio estatal o privado claramente laico y despiadadamente perverso, por otro. El liberalismo le parecía desbocado, permisivo, vulgar, propagador de la más vil noción de libertad. El capitalismo, absolutamente complaciente con la codicia y la competencia a todo nivel y a cualquier precio, y por eso mismo incapaz de ponerle límites a la más vergonzosa acumulación de objetos, bienes y servidumbres y a la paulatina aniquilación de la naturaleza. El comunismo, otra forma desnaturalizante de uniformar y enajenar a los individuos y a las clases sociales, otro repartidor de miseria por la vía del igualitarismo y el progresismo, dos enfermedades (por decir lo menos) de la democracia, ese invento griego ensayado a gran escala en el XIX, globalizado y completamente envilecido en el XX. Los medios de comunicación modernos, la peor manera de banalizar, controlar y vulgarizar la vida de las personas. En fin. Gómez Dávila seguramente no veía televisión, no iba al cine ni al teatro, no hacía nada que le quitara tiempo para leer y escribir, tenía una biblioteca que envidiaría cualquier universidad del mundo (adquirida después de su muerte por la Biblioteca Luis Ángel Arango), salía muy poco de su casa. Se cuenta que, si acaso, lo hacía dos veces por semana para ir al centro de Bogotá y pasarle revista a un almacén de telas del que era propietario o asistir a una junta bancaria, según recuerda su amigo Mario Laserna.   

No comparto todas sus ideas pero sí muchas de ellas. En otras me quedo con la duda. Lo interesante es coincidir en muchas cosas con alguien que piensa y escribe desde un horizonte ideológico y vital opuesto al de uno. Las valoraciones que he encontrado de su obra son muy variadas: un filósofo, un pensador comparable con Nietzsche, por ejemplo; un moralista equiparable a La Rochefoucauld o Baltasar Gracián; un admirable ensayista; un literato que descolló en el género del aforismo; un intelectual que escribía libros de opiniones. Por ahí leí que a alguien le parecía un autor de frases de coctel y a un periodista cultural le oí decir que lo consideraba “el primer twitero”, habida cuenta de que los escolios de don Nicolás circulan ahora por redes sociales virtuales. Justamente por todo lo que pueden suscitar sus ideas, quisiera compartir con ustedes esta pequeña selección de aforismos que me he permitido hacer de su último libro publicado en vida, Sucesivos escolios a un texto implícito, que acaso pudiera ser una síntesis de su pensamiento. Una pequeñísima muestra de un pensamiento extenso que resulta placentero asediar, como en una agradable y confrontante tertulia.   

- La ciencia enriquece la inteligencia; la literatura enriquece la personalidad entera.

- Comunicación o expresión no son fines, sino medios, de la obra de arte.

- La historia de estas naciones es poco interesante: historia de segunda mano. Nada original se ha visto aquí; nada tampoco tuvo aquí su mayor brillo.

- La verosimilitud es la tentación en que más fácilmente cae el historiador aficionado.

- El escritor que no se empeña en convencernos nos hace perder menos tiempo, y a veces nos convence.

- No vale la pena escribir lo que no comienza pareciéndole falso al lector.

- El que no duda del valor de su causa no necesita que su causa gane. El valor de su causa es su triunfo.

- Sólo lo inesperado satisface plenamente. 

- La ley es el método más fácil de ejercer la tiranía.

- La conciencia individual es la piedra de escándalo del idealismo metafísico.

- La existencia de la obra de arte demuestra que el mundo tiene significado. Aun cuando no diga cuál.

- Nada le es tan funesto al arte como el entusiasmo del público.

- La fealdad del actual paisaje urbano acusa más al alma moderna que al urbanismo contemporáneo.

- Del que se dice que “pertenece a su tiempo” sólo se está diciendo que coincide con el mayor número de tontos en ese momento.

- La atomización de la sociedad deriva de la organización moderna del trabajo: donde nadie sabe exactamente para quién trabaja, ni quién trabaja para él.

- La permanente posibilidad de iniciar series causales es lo que llamamos persona.

- A pesar de su retórica rebelde el artista contemporáneo se reconcilió con el siglo. El arte moderno se vende porque el artista se vendió.

- Una mayor capacidad de matar es el criterio de “progreso” entre dos pueblos o dos épocas.

- El reaccionario no es un pensador excéntrico, sino un pensador insobornable.

- La raíz del pensamiento reaccionario no es la desconfianza en la razón, sino la desconfianza en la voluntad.

- Frente a las diversas “culturas” hay dos actitudes simétricamente erróneas: no admitir sino un solo patrón cultural: conceder a todos los patrones idéntico rango. Ni el imperialismo petulante del historiador europeo de ayer; ni el relativismo vergonzante del actual.

- El mundo es menos creación de la técnica que de la codicia.

- No calumniar al poder, pero desconfiar de él profundamente, es lo característico del reaccionario.

- La obra de arte no es previsible. Tiene que realizarse para demostrar su posibilidad.

- Se empezó llamando democráticas las instituciones liberales, y se concluyó llamando liberales las servidumbres democráticas.   

- La vida es un combate cotidiano contra la estupidez propia.

- Tratar las cosas con realismo implica cierta bajeza de alma.

- Ideario del hombre moderno: comprar el mayor número de objetos; hacer el mayor número de viajes; copular el mayor número de veces.

- Cuidémonos de llamar “aceptar la vida” aceptar sin resistencia lo que degrada.

- La mentalidad moderna es hija del orgullo humano inflado por la propaganda comercial.

- La civilización es episodio que nace con la revolución neolítica y muere con la revolución industrial.

- La vocación auténtica se vuelve indiferente a su fracaso o a su éxito.

- El espectáculo de un fracaso es tal vez menos melancólico que el de un triunfo.

- No todos los vencidos son decentes, pero todos los decentes resultan vencidos.

- La vida escribe sus mejores textos en apéndices y márgenes.

- Un tacto inteligente puede hacer culminar en perfección del gusto la austeridad que la pobreza impone.

- Sólo es transparente el diálogo entre dos solitarios.

- Ante el marxismo hay dos actitudes igualmente erróneas: desdeñar lo que enseña, creer lo que promete.

- Lo verdaderamente original no es planta salvaje, sino astuto injerto.

- La sociedad moderna no aventaja las sociedades pretéritas sino en dos cosas: la vulgaridad y la técnica.

- Hay lectores que los libros adoptan y lectores que rechazan.

- La historia del “progreso” es el relato de cómo la humanidad se complica inútilmente la vida.   

- La sociedad moderna trabaja afanosamente para poner la vulgaridad al alcance de todos.

- El moderno cree vivir en un pluralismo de opiniones, cuando lo que hoy impera es una unanimidad asfixiante.

- El gesto, más que el verbo, es el verdadero transmisor de las tradiciones.

- El hedonista inteligente se complace ante todo en la felicidad de los que ama.

- Una educación sin humanidades prepara sólo para los oficios serviles.

- Lo técnicamente perfecto es siempre mezquino.

(El siguiente me parece una verdadera gema)

- La “Naturaleza” fue descubrimiento pre-romántico que el romanticismo propagó, y que la tecnología está matando en nuestros días.

- El problema de la creciente inflación económica sería soluble, si la mentalidad moderna no opusiera una resistencia invencible a cualquier intento de restringir la codicia humana.

- Toda mitología es en cierta manera cierta, mientras que toda filosofía es en cierta manera falsa.

- Escribir es muchas veces ineludible; publicar es casi siempre impúdico.

- Madurar es comprender que no comprendimos lo que habíamos creído comprender.

- El tan decantado “dominio del hombre sobre la naturaleza” resultó ser meramente una inmensa capacidad homicida.

- La tecnificación moderna de la agricultura destruyó la sociedad agraria. Transformó una manera de vivir en un simple método de medrar.

- La urbe moderna no es una ciudad, es una enfermedad.

- Pretender que sabe más de lo que sabe es lo que hace insoportable con frecuencia al discurso religioso.

- Las verdades no son relativas. Lo relativo son las opiniones sobre la verdad.

- El individualismo hoy es la única defensa que nos queda contra el colectivismo engendrado por el individualismo de ayer.

- Ser reaccionario es haber comprendido que no se puede demostrar, ni convencer, sino invitar.

Bibliografía:

Sucesivos escolios a un texto implícito, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, serie “La Granada Entreabierta”, vol. 60, 1992.

sábado, 15 de junio de 2013

A LA MEMORIA DE UN EXTRAORDINARIO REACCIONARIO COLOMBIANO



La decisión que no sea un poco demente
no merece respeto

Nicolás Gómez Dávila


Pasó prácticamente desapercibido el centenario de su nacimiento: vino a un mundo que detestaría un 18 de mayo de 1913 en Bogotá y lo abandonaría para siempre el 17 de mayo de 1994 en la misma ciudad, en la que vivió la mayor parte de su vida. Es que en medio de esta ruidosa sociedad del espectáculo no queda espacio ni tiempo para individuos atípicos como el pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila, tan distantes y distintos del sujeto-masa de la globalización, que en uno de sus escolios sentenciaba justamente: “La importancia de un acontecimiento es inversamente proporcional al espacio que le dedican los periódicos”. Con todo, medios como El Espectador le dedicaron al menos un par de páginas a un intelectual que en forma anónima y silenciosa se dedicó a pensar por sí mismo y a escribir esos pensamientos en escolios que fueron publicados en Colombia sin despertar mayor interés más allá de  unos pocos autores que se han ocupado de él, siendo más estudiada su obra en otras latitudes.


Imagen de Nicolás Gómez Dávila 

Un escolio es, según el DRAE, “una nota que se pone a un texto para explicarlo”. Se ha especulado si ese texto es en la obra de Gómez Dávila alguno de los primeros que escribió y publicó o si se trata de otro tipo de texto, de una complejidad y vastedad tal que constituye o bien la modernidad como mundo y época, o el devenir histórico y cultural del cristianismo, del cual nunca abjuró pese a su igualmente atípico pensamiento crítico. No obstante, uno de sus escolios pareciera arrojar suficiente luz al debate: “Todo escritor comenta indefinidamente su breve texto original”. Ese texto recibió el nada pretencioso título de Notas, Tomo I y fue publicado en 1954 en México, D.F., en edición del propio Gómez Dávila. Otros estudiosos de su obra como Francisco Pizano y Franco Volpi consideran que el texto prolija y recurrentemente comentado por Gómez Dávila no puede ser otro que su segundo libro, Textos I (1959), en el que plantea su teoría de la reacción. Sus primeros aforismos aparecen en 1977 bajo el título de Escolios a un texto implícitopublicados por el Instituto Colombiano de Cultura en dos tomos; en 1986 se publican, también en dos tomos, sus Nuevos escolios a un texto implícito; y por último, en 1992, el Instituto Caro y Cuervo publica Sucesivos escolios a un texto implícito. Hoy en día su trabajo se estudia con pasión en Europa, sobre todo en Alemania, Italia y Austria. En Latinoamérica no ha recibido especial atención, salvo algunos trabajos que lo destacan como ensayista, siendo el más importante de ellos Breve historia del ensayo hispanoamericano, del escritor y crítico peruano José Miguel Oviedo, figura referencial de los estudios literarios latinoamericanos. Aparte de escasos estudios que sobre él se han hecho, en Colombia sigue siendo un ilustre desconocido, algo que probablemente al propio Gómez Dávila no le habría molestado en absoluto.

Auténtico autodidacta, políglota, filólogo, latinista, lector inagotable, erudito, dueño de una biblioteca de 30.000 volúmenes, Gómez Dávila no fue hombre de viajes y menos de pública vida social. Después del estallido del “bogotazo” en 1948 acompañó a su gran amigo y contertulio Mario Laserna en la fundación de la Universidad de los Andes -aunque se mantuvo al margen de la actividad académica-, realizó su último viaje al año siguiente y luego se recluyó en su casa para dedicarse enteramente a leer y escribir. Supongo que el contexto social y político local de aquel período conocido como La Violencia aumentaría su escepticismo, desdén y desconfianza frente a la época, el país y el siglo que le tocó vivir. Las décadas siguientes tampoco lo sacarían de su voluntaria reclusión hogareña. El contacto social que mantenía se limitaba a su familia y sus amigos de tertulia semanal (“El gusto del joven debe acoger; el del adulto escoger”). No me cuesta imaginarlo conversando con otros intelectuales que compartían ese estilo de vida como León de Greiff, Aurelio Arturo y Lucas Caballero Calderón, aunque probablemente ni siquiera fueran contertulios suyos.

La vida de Gómez Dávila, su nulo afán de protagonismo social e intelectual (“Cuando todos quieren ser algo, sólo es decente no ser nada”), sus ideas, su anacronismo militante e incluso su catolicismo y conservadurismo evidentes muestran, en cualquier caso, a un pensador divergente, a un implacable crítico de la modernidad que desconfía del pensamiento ilustrado, la democracia, el liberalismo, el Estado social de derecho, el progreso, la política, la tecnología y, en suma, la racionalidad. Desde esa visión es un romántico, quizás el último romántico colombiano -me equivoco sin duda porque el último tal vez sea William Ospina-, un romántico radical en tanto descree completamente de la Ilustración. Para él la racionalidad -política, económica, científica, instrumental- no deja de ser otro mito que, irónicamente, pretendía develar y superar toda suerte de mitos y supersticiones, especialmente el que había sido dominante en Occidente: “La historia parece reducirse a dos períodos alternos: súbita experiencia religiosa que propaga un tipo humano nuevo; lento proceso de desmantelamiento del tipo”, “Creer que la ciencia basta es la más ingenua de las supersticiones”. La ideología de la democracia, el progreso, la prosperidad y la libertad parece tan idealista y opresiva como la teocracia que desenmascaraba y combatía con fruición: “Sus libertadores le han forjado más cadenas a la humanidad que sus verdugos”, “La distinción entre uso científico y uso emotivo del lenguaje no es científica sino emotiva. Se utiliza para desacreditar tesis que incomodan al moderno”, “La historia de la incredulidad es más rica aún en episodios grotescos que la historia religiosa”. Gómez Dávila no comparte el belicismo revolucionario ni la revolución política de ninguna especie y ello lo separa de una variante del romanticismo que la ensalza: “Revolución es el período durante el cual se estila llamar ‘idealistas’ los actos que castiga todo código penal”, “Para detestar las revoluciones el hombre inteligente no espera que comiencen las matanzas”, “Un destino burocrático espera a los revolucionarios, como el mar a los ríos” (lo hemos visto y sufrido).

Nuestro gran pensador y escoliasta escribió sobre los grandes temas de la filosofía -moral, política, ética, estética, derecho, religión, historia- sin agrupar temáticamente o darle una estructura a sus digresiones. Esto, en lugar de restarle solidez a su pensamiento, lo hace, pienso, más interesante y apasionante. “Nada más fácil, en filosofía, que ser coherente”, escribió. En vano se buscaría alguna pretensión sistémica; en contraste, un marcado tono irónico y mordaz en torno al sujeto moderno atraviesa sus escolios. Pero hay otro rasgo importante en sus ideas: su atemporalidad, propia quizás de un lúcido anacrónico que escribe para éste y todos los tiempos, lo que asegura de alguna manera su perdurabilidad. Gómez Dávila no escribe para convencer a nadie (“Ser reaccionario es haber aprendido que no se puede demostrar, ni convencer, sino invitar”), acaso sólo para convencerse a sí mismo; sí en cambio para provocar al lector, para hacerle pensar -nada menos- y ése es para mí el principal mérito de su obra. Un autor que logra hacer pensar, además, con breves frases o sentencias que condensan extensas ideas. Un pensamiento a caballo entre el clasicismo, el conservadurismo, la aristocracia, el romanticismo y la crítica de la modernidad, como ya he dicho, e incluso entre sistemas opuestos como el cristianismo y el anarquismo, lo muestran más como un regio y soberano pensador heterodoxo que no está anclado en ningún sistema o doctrina; capaz, como pocos, de desconcertar, cuestionar, desafiar y entusiasmar al lector desprevenido que se abra a sus provocaciones. Una de ellas, por cierto, bien puede condensar dos cosas: su enorme desconfianza hacia las doctrinas, particularmente aquellas que sustentan la modernidad, y su defensa del libre ejercicio filosófico: “La filosofía es actitud solitaria. La adhesión de cualquier muchedumbre a una doctrina la convierte en mitología”. Desde esta perspectiva se entiende mejor la paradoja de las doctrinas modernas como mitologías -otros hablan de los grandes relatos de la modernidad-. Gómez Dávila le confería preeminencia igualmente a la historia: “Las ciencias auxiliares de la historia se dividen en ciencias auxiliares de la documentación y en ciencias auxiliares de la interpretación; las primeras son las tradicionalmente llamadas ciencias auxiliares de la historia, las segundas son las llamadas ciencias humanas”. Aunque no se considerara determinista, deslizaba ideas como ésta: “Cuando sospechamos la extensión de lo congénito, caemos en cuenta de que la pedagogía es técnica de lo subalterno. Sólo aprendemos lo que nacimos para saber”.

Edición de una de las obras de Gómez Dávila

Sus persistentes ideas, simpatías e intereses en relación con el cristianismo -o su cristianismo romántico-, la religión en general y la trascendencia se plantean en escolios como estos: “Si el ser depende, como lo enseña el cristianismo, de un acto libre de Dios, una filosofía cristiana debe ser una filosofía que constata, no una filosofía que explica”,  “Dios no debe ser objeto de especulación, sino de oración”, “Dios es lo infinitamente cercano y lo infinitamente lejano; de Él no debe hablarse como si estuviese a mediana distancia”, “En materia de religión, objeciones y pruebas son igualmente superfluas”, “Sólo la religión puede ser popular sin ser vulgar”, “El judaísmo ennobleció la historia introduciendo en ella el veneno de los conflictos teológicos”, “Interesante es sólo aquello que implique una trascendencia”, “Aun cuando lograra realizar sus más atrevidas utopías, el hombre seguiría anhelando transmundanos destinos”, “La psicología contemporánea se enreda en vanas sutilezas, pretendiendo reducir a procesos inmanentes, hechos que sólo aclaran su relación con términos trascendentes”, “La fe no es una convicción que poseemos, sino una convicción que nos posee”, “En la fe hay parte que es intuición y parte que es apuesta”.

Sin duda un pensador que merece ser leído, degustado, estudiado y discutido, así él mismo escribiera que “la objeción del reaccionario no se discute, se desdeña”. Por otro lado, para Gómez Dávila no era una doctrina político-económica como el neoliberalismo lo que acabaría imponiéndose como única vía o pensamiento único en el mundo sino algo peor o, en todo caso, más complejo: “La uniformidad siniestra que nos amenaza no será impuesta por una doctrina, sino por Un condicionamiento económico y social uniforme”. Como preámbulo de esta esquizofrenia no vacila en señalar la industrialización y en esa medida ni capitalismo ni comunismo son sistemas opuestos sino dos caras de la misma moneda: “La industrialización plantea la alternativa única: capitalismo o comunismo. Excluyendo así las viejas opciones decentes”. ¿Cuáles eran estas? Lo explica cuando habla del ideal reaccionario: “El ideal del reaccionario no es una sociedad paradisíaca. Es una sociedad semejante a la sociedad que existió en los trechos pacíficos de la vieja sociedad europea, de la Alteuropa, antes de la catástrofe demográfica, industrial y democrática”. ¿Se refiere a la alta edad media europea? Es decir, aquel período anterior a la peste negra que asoló el continente en el siglo XIV, a la aparición de los primeros estados nacionales modernos y al ascenso social y político de la burguesía, que Gómez Dávila consideraba fatal para la humanidad. En ese orden, no oculta su simpatía por el sistema feudal, que le parecía en cierta manera más ecuánime y libre (no liberal) o menos injusto y ambiguo que el democrático: “La separación de los poderes es la condición de la libertad. No la separación formal y frágil de poder ejecutivo, poder legislativo y poder judicial; sino la separación de tres poderes estructurados, concretos y fuertes: el poder monárquico, el poder aristocrático y el poder popular”. En política es tal vez ésta la síntesis de su pensamiento reaccionario.

En cuestiones de religión era, desde luego, un defensor de la tradición: “Los progresistas cristianos están convirtiendo al cristianismo en un agnosticismo humanitario con vocabulario cristiano”. Escéptico e irónico en su visión de lo cultural: “La cultura es fenómeno ‘elitista’. No existe cultura popular; sólo comportamientos populares”, “Son menos irritantes los que se empeñan en estar a la moda de hoy que los que se afanan cuando no se sienten a la moda de mañana. La burguesía es estéticamente más tolerable que la vanguardia”. Atinado, en mi opinión, al proponer síntesis como ésta: “El mundo moderno resultó de la confluencia de tres series causales independientes: la expansión demográfica, la propaganda democrática, la revolución industrial”.

En asuntos estéticos tiene claro que ni la fidelidad a los cánones ni su transgresión -como en su escepticismo frente a la vanguardia- es garantía de valor: “En estética hay errores y verdades claramente identificables. Pero no basta evitar esos errores o adoptar esas verdades para que la obra tenga valor alguno. El valor es siempre riesgo ineludible”.  Partidario de un fortalecimiento de la sociedad y de un claro debilitamiento del estado: “El estado paternalista es abominable; la sociedad paternalista es admirable”. Radical y elocuente es su aversión a los medios masivos de comunicación: “Los medios modernos de comunicación revisten a la imbecilidad de un prestigio irresistible”, “En un siglo donde los medios de publicidad divulgan infinitas tonterías, el hombre culto no se define por lo que sabe sino por lo que ignora”, “Los medios actuales de comunicación le permiten al ciudadano moderno enterarse de todo sin entender nada”.

Y para terminar por ahora, una confesión de humildad y falibilidad o admisión de una  irresistible intransigencia personal, allá cada cual con su interpretación: “Nadie más insoportable que el que no sospecha, de cuando en cuando, que pueda no tener razón”. En fin. Un pensador sobre el que habrá que volver con insistencia. Para corroborarlo o refutarlo, como se hace con aquellos que valen la pena, y ojalá que, ya no, para seguirlo ignorando, como se ha hecho en Colombia. 
  
NOTA: Los escolios aquí reproducidos fueron tomados de la edición de Sucesivos escolios a un texto implícito, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, serie “La Granada Entreabierta”, vol. 60, 1992; y de una selección realizada por Mauricio Botero Caicedo para El Espectador, 9 de junio de 2013, p. 42-43, y de un texto del poeta y crítico literario español Juan Malpartida, en http://www.letraslibres.com/revista/libros/escolios-un-texto-implicito-de-nicolas-gomez-davila

lunes, 3 de junio de 2013

OLAS JOCOSAS EN UN OCEÁNO DE SOLEMNIDAD Y LA ILUSIÓN DE VERDAD

Se ha dicho que la literatura colombiana es muy seria o solemne o, lo que es parecido, que adolece de una insuficiencia de humor y, en cualquier caso, de lúdica. No significa que el humor esté del todo ausente, pero es más algo excepcional que una de sus características. Se puede encontrar, no obstante, en la obra de Andrés Caicedo, Daniel Samper o Eduardo Arias, entre otros, una intención, una voluntad de forma lúdica, incluyendo desde luego a numerosos autores de literatura infantil y juvenil. Con todo, el devenir violento, trágico y bélico del país parece determinar un poco el ejercicio literario. De ahí que resulte saludable que aparezcan otros autores dispuestos a jugar en y con sus textos y con el lector cómplice -sin eludir ni evadir lo real social-, a intentar una construcción literaria más allá de los marcos sociales a los que ya estamos acostumbrados (conflicto armado, narcotráfico, sicariato, soledad urbana, desquiciamiento individual y social, crisis ideológicas, inmigración…). Ocurre, por otra parte, que el humor es con cierta frecuencia, y cuando se emplea con sólidos criterios, más corrosivo que una narración testimonial o abiertamente de denuncia. Las caricaturas de Ricardo Rendón, por ejemplo, sobre la sociedad colombiana de los veinte y sus figuras públicas y políticas, resultaron más críticas y eficaces que cualquier otro texto de la época.

Así entonces, me parece que el novel escritor Fabián Sanabria puede ser considerado uno de esos autores que, ya que me he referido a un célebre caricaturista colombiano, está emprendiendo la labor narrativa de caricaturizar su propia vida. Es lo que hace en ¿Profesor?, su segunda novela que además es parte de una tetralogía. Antropólogo, doctor en sociología, docente universitario, analista político, Sanabria es también un intelectual mediático, una suerte de discípulo de Antanas Mockus, el provocador ex alcalde de Bogotá conocido por sus provocaciones, sus símbolos y acciones lúdicas, su pedagogía ciudadana y, claro, su mediatización. Y sus fracasos políticos como aspirante a la presidencia de la república, de lo cual, por cierto, se ocupa Sanabria en su novela.


Las apariciones de Sanabria en los medios, sus conferencias y, como no podía ser de otra manera, el lanzamiento de su novela en la pasada Feria del Libro de Bogotá, están envueltas en lo que para mí es una puesta en escena. Eso ya habla de una intencionalidad lúdica. Y su discurso también, por supuesto. Sanabria, pues, juega a representarse a sí mismo, en público y en su novela, y esto se le aclara al lector en la solapa y en el preámbulo para que no quepa la menor duda. Ahí hay ya una puesta escénica, una exposición de la trama, de la naturaleza y condición de los personajes que desfilarán por sus páginas, además de afirmar que no es ni autobiografía ni confesión ni nada que se le parezca, sino un ejercicio de narración paralela cuyo personaje es él mismo. Y eso es efectivamente lo que uno encuentra, o al menos yo, en todo el relato: una narración en primera persona de cómo un aventajado estudiante se hace profesor, de un juego que empieza en la niñez y, como sucede en muchos casos, continúa en la juventud y la adultez en forma de profesión. Por sus raíces etimológicas la palabra es muy apropiada: profesor es quien profesa algo y tiene en consecuencia una profesión o una ocupación profesional. Para Sanabria no ha dejado de ser un juego y reiteradamente está diciendo algo que probablemente haría sonreír a muchos pedagogos: yo no enseño, yo juego. Sanabria cree necesario explicar en su preámbulo en qué consiste el otro juego, el literario, que propone al lector casi como el profesor que quiere asegurarse de que sus estudiantes han entendido bien las nociones preliminares de la temática que tratará en su clase o como un jugador consumado que explica a los otros -los lectores- las reglas. Un juego acerca de otro, el pedagógico. Lamentablemente el preámbulo sobra.

Fabián Sanabria

Pero además de que se entienda de antemano el criterio narrativo que empleará en su novela, incluso la razón de reemplazar las comas por palabras que siempre iniciará en mayúscula, Sanabria separa apropiadamente los párrafos que corresponden a sus dos relatos paralelos: el de la hospitalización a que es sometido, que narra en presente, y el de su transición, por decirlo de alguna manera, a la docencia de las ciencias humanas y, finalmente, a la creación narrativa, que lo hace en pasado. Para que no haya lugar a confusiones en el lector. Y durante su extenso relato de 424 páginas no querrá evitar su manía explicativa; al contrario, la hará evidente. Y así uno se entrega a este doble relato, que lo es solamente en la forma, jugándolo sin mayores dificultades (no estamos ante ninguna Rayuela o algo por el estilo), sin perderse en ningún laberinto porque el profesor Sanabria ha facilitado tanto la tarea, llegando a un final abierto, como no podía ser de otro modo, porque ya estamos advertidos de que faltan otros dos relatos para completar esta saga autoficcional.  

Tomar la propia vida como material narrativo, abolir el narrador omnisciente, ha recibido el nombre de autoficción y ha sido una de las tendencias no sólo en la literatura contemporánea sino en el arte contemporáneo. Pero son muchos los antecedentes; pienso en Henry Miller, por ejemplo. El más conocido escritor colombiano de autoficciones es sin duda Fernando Vallejo, uno de los personajes que Sanabria, o su alter ego, entrevé en su delirio clínico. Se alegará que la propia vida es, en mayor o menor medida, la materia prima del escritor. Seguramente siempre habrá algo de la vida personal que se cuele por los intersticios de la narración. Empero, cuando la biografía personal se vuelve deliberadamente el material de creación estética, sin caer en el recurso obvio de la autobiografía, como se cuida de señalarlo Sanabria, se está evidenciando en mi opinión algo más: que cualquier construcción narrativa, así haya sido etiquetada como no ficción o así su autor crea sincera e ingenuamente que no está haciendo ficción,  nunca podrá evitar la subjetividad y los artificios y, sea como fuere, tendrá que construir necesariamente una realidad por más que esté basada en materiales reales; siempre habrá una representación, literaria en este caso, y todo esto ya nos ubica en el terreno ficcional. Porque aun en los textos históricos, ensayísticos y testimoniales nunca podrá decirse absolutamente la verdad: la pretensión, búsqueda y voluntad de verdad, que diferenciaría la literatura de no ficción de la de ficción, siempre será parcial, siempre será una búsqueda sin final y en esa medida contendrá algún grado de ilusión. Y entonces, ante cualquier género literario, aun el periodístico, la distinción entre ilusión y verdad ya no se puede plantear en términos absolutos. Historiadores y escritores como el colombiano Juan Esteban Constaín ya se han encargado de aceptar y dilucidar esta circunstancia. Y esto puede ser válido, incluso, para la filosofía, tan empeñada siempre en distinguir lo ilusorio de lo falso. Hay una última razón, por ahora, y es que las palabras no son las cosas ni los hechos: están en lugar de ellos, los representan, pero nunca pueden convertirse en ellos.  
            
Señalo todo esto porque en la obra de Sanabria tampoco tiene sentido preguntarse qué tan verdadero o falso es lo que narra respecto de sí mismo y de todos los personajes y lugares que conforman su relato. Destaco su humor locuaz e irreverente, necesario en las letras colombianas actuales, su estilo fresco, coloquial, desenfadado y no pretencioso; la aceptación irónica de su condición profesoral, de su exhibicionismo y su narcicismo (para Sanabria todo profesor es ya un exhibicionista por las condiciones comunicativas de su oficio y en ese sentido está siempre abocado a ponerse en escena frente a sus alumnos; en el caso suyo, además, ante los medios). Tengo, no obstante, al menos una inquietud: ¿qué pasa cuando un solo libro no basta para decir algo, cuando de entrada tenemos que decir que van a ser necesarios cuatro? Porque queda esa sensación, de que esta novela, por sí sola, no pueda vivir sin la que la antecede y las dos que vendrán; de que algo falta para hacerla sólida y contundente, que quede como un capítulo más bien superficial de un ciclo. Porque eso es quizá lo que se le puede reprochar: su constante regodeo en lo superfluo, con ironía y humor, sí, pero con altibajos. Es el riesgo que se corre, y no porque la vida de Sanabria deje de ser lo suficientemente interesante como para no poder novelarse, sino porque se llega a un punto sin retorno en el cual, como sucede en la vida real, nos cansamos del juego. Pero el intento es válido. Es que, en cualquier caso, “cuando un hombre se exhibe ante un público, cuando un individuo se expresa con palabras, con sonidos, con colores frente al presente y la posteridad, somos siempre espectadores de una comedia, jamás se tratará de algo sano, serio, transparente”,[*] dice Giorgio Colli. Y Sanabria asume cabalmente esa condición de comediante intelectual, a  riesgo de opacar el resultado. Ese es su mérito.   





[*] Giorgio Colli, La literatura como vicio.pdf.